
Primera Plana, dirigida por Billy Wilder, es una película que expone las virtudes y defectos de la profesión periodística, una verdadera clase para los periodistas.
"Si le vas a decir a la gente la verdad, se gracioso o te matarán” Esta frase de Billy Wilder resume a la perfección su trabajo en Primera Plana. Con un humor incisivo y audaz, Wilder hace una grandiosa crítica atemporal del oficio del periodista; tan válida para los años 20 en los que está ambientada la película, como para la década de los 70 en la que se filmó o para nuestros días, en los qué todavía tiene resonancia el argumento de este film. La película es una adaptación de ‘Luna nueva’ de H. Hawks que a su vez se inspira en la obra teatral de B. Hecht y C. McArthur ‘Front Page’. Pero lo realmente loable en esta película es la importancia que tienen sus diálogos, Wilder no repara mucho en grandes escenografías o efectos especiales, la película podría desarrollarse perfectamente en un teatro, pero esta sencillez en las formas otorga una mayor relevancia al fondo. El director confiere todo el poder y la fuerza de la película a la palabra, con diálogos elaborados, con un humor inteligente y una mezcla entre cinismo, ironía y sarcasmo.
La acción se inicia cuando Hildy Johnson, el reportero estrella del Chicago Examiner, decide abandonar su profesión para casarse con Peggy Grant, el amor de su vida. Esta decisión no es del agrado de su jefe que lo necesita para escribir un último gran artículo: la ejecución de un pobre hombre que no se sabe exactamente que hizo, pero que garantizará el triunfo en las elecciones del alcalde. Cuando Hildy se dirige la sala de prensa de la prisión para despedirse de sus colegas no puede evitar sentirse atraído por los acontecimientos que allí se suscitan y retrasa un “poco” su boda para llegar al trasfondo del asunto.
En Primera Plana se exponen principalmente los aspectos negativos de la profesión periodística: la falta de ética, la corrupción y la manipulación de la industria de la información. Los personajes principales Hildy Jhonson y Walter Burns, interpretados por Jack Lemmon y Walter Matthau respectivamente, encarnan el prototipo de periodistas sensacionalistas de los años 20, pero adaptándolos a las realidades de los 70: la persecución ideológica de comunistas (reflejado en el personaje Earl Williams), la guerra fría y Watergate, entre otros. Burns es el director del Chicago Examiner un diario que asegura decir “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” pero que durante la película sólo utiliza el amarillismo, valiéndose de la manipulación para obtener sus noticias y de la exageración para presentarlas; Burns es calculador e interesado, maneja a todos los personajes y todos los acontecimientos a su conveniencia. Por otro lado, Hildy es el mejor periodista del Examiner, pero se cansa de la profesión y decide dejarlo; a través de este personaje se ven las cualidades del periodista: trata de aconsejar al becario, investiga para obtener la verdad, contrasta la información proporcionada por la fuentes oficiales (el Sheriff) con otras fuentes como la señora de la limpieza, entrega todo su tiempo a la labor periodística al punto de casi dejar plantada a su prometida por escribir un artículo; pero Hildy también es pretencioso, el argumento que realmente le convence para quedarse es que la noticia que escribirá será una exclusiva que le dará renombre y lo lanzará a la fama. Aunque no tan elaborados, los personajes secundarios esbozan otras reflexiones e ideas sobre el periodismo y la época en la que se filma. Desde la sala de prensa de la prisión podemos observar a los periodistas en plena acción: inventan noticias, deforman la realidad, se insultan unos a otros, en palabras del propio Hildy “no puede confiar en sus colegas”, reaccionan de manera casi automática ante los acontecimientos, todos llaman a sus redacciones al mismo tiempo. El becario, es imagen de los jóvenes periodistas que se inician en el oficio, aunque son las primeras generaciones que han estudiado en la universidad, no cuentan con la experiencia de los veteranos de la profesión y por ahora sólo sirven para hacer notas de sociedad, les falta todavía mucho por aprender. Las críticas se decantan a veces por la exageración como es el caso de Eggelhoffer, el psiquiatra que entrevista a Earl Williams, y que en su psicoanálisis asocia la pistola con lo fálico e intenta buscar en su pasado algún síndrome de Edipo que explique su crimen; toda la participación del personaje es una caricatura de las teorías freudianas que tan en boga estaban en aquella época. Por otra parte está el periodista gay histriónico llevado al extremo; la prostituta defensora de los débiles; el jefe de prisiones torpe, corrupto, que ve bolcheviques por doquier; todos reflejo del espíritu de la época y de la libertad de opinión con la que Wilder pudo trabajar.
En varias ocasiones los propios personajes hablan muy mal del oficio "Un hatajo de pobres diablos, con los codos raídos y los pantalones llenos de agujeros, que miran por la cerradura y que despiertan a la gente a medianoche para preguntarle qué opina de Fulanito o Menganita. Que roban a las madres fotos de sus hijas violadas en los parques. ¿Y para qué? Pues para hacer las delicias de un millón de dependientas y amas de casa. Y, al día siguiente, su reportaje sirve para envolver un periquito muerto"
En un principio, la película pareciera transmitir el mensaje de que el periodismo es una profesión poco honesta y que en ella se aplica la ley de la selva: sólo el más fuerte sobrevive, el éxito de un periódico depende de los periodistas que carecen de escrúpulos. Pero en realidad Wilder aprecia la profesión, en sus años mozos en Viena, fue periodista y porque conoce tan de cerca el oficio es capaz de hablar de él con juicio crítico, exagerando sus puntos débiles sólo para demostrar su importancia. Al final de la película el periodismo como el cuarto poder es el gran vencedor; sólo a través de la investigación de los periodistas y por el miedo que tienen el alcalde y el Sheriff que saben que lo que publique el periódico tendrá gran repercusión; estos dos hacen lo que deben, si no hubieran tenido la presión de Hildy y Burns probablemente hubieran ejecutado a Williams.
Un mensaje quiere dejar Primera Plana a todos los periodistas del mundo, un recordatorio. Ética, responsabilidad y honestidad, son los valores que Wilder busca resaltar y qué manera de hacerlo, siempre fiel a sus principios "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no debes aburrir" y no aburrió.
La acción se inicia cuando Hildy Johnson, el reportero estrella del Chicago Examiner, decide abandonar su profesión para casarse con Peggy Grant, el amor de su vida. Esta decisión no es del agrado de su jefe que lo necesita para escribir un último gran artículo: la ejecución de un pobre hombre que no se sabe exactamente que hizo, pero que garantizará el triunfo en las elecciones del alcalde. Cuando Hildy se dirige la sala de prensa de la prisión para despedirse de sus colegas no puede evitar sentirse atraído por los acontecimientos que allí se suscitan y retrasa un “poco” su boda para llegar al trasfondo del asunto.
En Primera Plana se exponen principalmente los aspectos negativos de la profesión periodística: la falta de ética, la corrupción y la manipulación de la industria de la información. Los personajes principales Hildy Jhonson y Walter Burns, interpretados por Jack Lemmon y Walter Matthau respectivamente, encarnan el prototipo de periodistas sensacionalistas de los años 20, pero adaptándolos a las realidades de los 70: la persecución ideológica de comunistas (reflejado en el personaje Earl Williams), la guerra fría y Watergate, entre otros. Burns es el director del Chicago Examiner un diario que asegura decir “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” pero que durante la película sólo utiliza el amarillismo, valiéndose de la manipulación para obtener sus noticias y de la exageración para presentarlas; Burns es calculador e interesado, maneja a todos los personajes y todos los acontecimientos a su conveniencia. Por otro lado, Hildy es el mejor periodista del Examiner, pero se cansa de la profesión y decide dejarlo; a través de este personaje se ven las cualidades del periodista: trata de aconsejar al becario, investiga para obtener la verdad, contrasta la información proporcionada por la fuentes oficiales (el Sheriff) con otras fuentes como la señora de la limpieza, entrega todo su tiempo a la labor periodística al punto de casi dejar plantada a su prometida por escribir un artículo; pero Hildy también es pretencioso, el argumento que realmente le convence para quedarse es que la noticia que escribirá será una exclusiva que le dará renombre y lo lanzará a la fama. Aunque no tan elaborados, los personajes secundarios esbozan otras reflexiones e ideas sobre el periodismo y la época en la que se filma. Desde la sala de prensa de la prisión podemos observar a los periodistas en plena acción: inventan noticias, deforman la realidad, se insultan unos a otros, en palabras del propio Hildy “no puede confiar en sus colegas”, reaccionan de manera casi automática ante los acontecimientos, todos llaman a sus redacciones al mismo tiempo. El becario, es imagen de los jóvenes periodistas que se inician en el oficio, aunque son las primeras generaciones que han estudiado en la universidad, no cuentan con la experiencia de los veteranos de la profesión y por ahora sólo sirven para hacer notas de sociedad, les falta todavía mucho por aprender. Las críticas se decantan a veces por la exageración como es el caso de Eggelhoffer, el psiquiatra que entrevista a Earl Williams, y que en su psicoanálisis asocia la pistola con lo fálico e intenta buscar en su pasado algún síndrome de Edipo que explique su crimen; toda la participación del personaje es una caricatura de las teorías freudianas que tan en boga estaban en aquella época. Por otra parte está el periodista gay histriónico llevado al extremo; la prostituta defensora de los débiles; el jefe de prisiones torpe, corrupto, que ve bolcheviques por doquier; todos reflejo del espíritu de la época y de la libertad de opinión con la que Wilder pudo trabajar.
En varias ocasiones los propios personajes hablan muy mal del oficio "Un hatajo de pobres diablos, con los codos raídos y los pantalones llenos de agujeros, que miran por la cerradura y que despiertan a la gente a medianoche para preguntarle qué opina de Fulanito o Menganita. Que roban a las madres fotos de sus hijas violadas en los parques. ¿Y para qué? Pues para hacer las delicias de un millón de dependientas y amas de casa. Y, al día siguiente, su reportaje sirve para envolver un periquito muerto"
En un principio, la película pareciera transmitir el mensaje de que el periodismo es una profesión poco honesta y que en ella se aplica la ley de la selva: sólo el más fuerte sobrevive, el éxito de un periódico depende de los periodistas que carecen de escrúpulos. Pero en realidad Wilder aprecia la profesión, en sus años mozos en Viena, fue periodista y porque conoce tan de cerca el oficio es capaz de hablar de él con juicio crítico, exagerando sus puntos débiles sólo para demostrar su importancia. Al final de la película el periodismo como el cuarto poder es el gran vencedor; sólo a través de la investigación de los periodistas y por el miedo que tienen el alcalde y el Sheriff que saben que lo que publique el periódico tendrá gran repercusión; estos dos hacen lo que deben, si no hubieran tenido la presión de Hildy y Burns probablemente hubieran ejecutado a Williams.
Un mensaje quiere dejar Primera Plana a todos los periodistas del mundo, un recordatorio. Ética, responsabilidad y honestidad, son los valores que Wilder busca resaltar y qué manera de hacerlo, siempre fiel a sus principios "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no debes aburrir" y no aburrió.
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