¿Hasta qué punto debe defenderse la vida humana?, es la pregunta que queda en el aire después de la muerte de Eluana. La vida es lo que somos, en lo que estamos, lo que decidimos y lo que dejamos pasar, parece pertenecernos pero al mismo tiempo se siente tan grande y tan sagrada que nosotros quedamos supeditados a ella y no al revés. La vida es tiempo y acciones, la vida es una mezcla de espiritualidad y materia que nos confunde y nos hace parte de una dualidad en la que constantemente lucha lo tangente y lo perceptible con aquello de lo que no podemos tener certeza, que sólo se siente, se asume, se intuye. El problema está en como percibimos la vida, ¿es un ticket que pagamos y devolvemos o cancelamos cuando queramos, o es un regalo que se nos ha dado y por ello debemos cuidarlo, apreciarlo, protegerlo? La vida es a veces, o mejor dicho casi siempre, incomprensible; da tantas vueltas, sigue tantos caminos diferentes algunos muy cómodos y otros tan difíciles, que no acabamos de comprender cual es su propósito. Los seres humanos en nuestra infinita ignorancia pocas veces entendemos los retos y obstáculos que se atraviesan en el camino; pero ello no significa que las circunstancias que se nos presentan no tengan una razón de ser. La vida es un regalo, un gran regalo que se nos ha dado para vivir, para aprovechar, para reir, llorar, correr, detenerse, reflexionar, gritar...podemos darle mil vueltas, ver de cualquier manera, sacarle todo el provecho que queramos pero lo único que no podemos hacer es destruirla. Desconozco que pensaría Eluana, que sentiría o que deseaba; pero lo único seguro es que su condición guardaba alguna razón de ser; algo que enseñar al mundo, un mensaje, una etapa que debían vivir sus familiares y amigos, no lo sé, a cada cual dejaría algo diferente pero en mi caso personal la penosa partida de Eluana significó reflexión, fé, entendimiento, valor y una gran convicción hoy más que nunca de la importancia de defender la vida.
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miércoles, 11 de febrero de 2009
Gracias Eluana
¿Hasta qué punto debe defenderse la vida humana?, es la pregunta que queda en el aire después de la muerte de Eluana. La vida es lo que somos, en lo que estamos, lo que decidimos y lo que dejamos pasar, parece pertenecernos pero al mismo tiempo se siente tan grande y tan sagrada que nosotros quedamos supeditados a ella y no al revés. La vida es tiempo y acciones, la vida es una mezcla de espiritualidad y materia que nos confunde y nos hace parte de una dualidad en la que constantemente lucha lo tangente y lo perceptible con aquello de lo que no podemos tener certeza, que sólo se siente, se asume, se intuye. El problema está en como percibimos la vida, ¿es un ticket que pagamos y devolvemos o cancelamos cuando queramos, o es un regalo que se nos ha dado y por ello debemos cuidarlo, apreciarlo, protegerlo? La vida es a veces, o mejor dicho casi siempre, incomprensible; da tantas vueltas, sigue tantos caminos diferentes algunos muy cómodos y otros tan difíciles, que no acabamos de comprender cual es su propósito. Los seres humanos en nuestra infinita ignorancia pocas veces entendemos los retos y obstáculos que se atraviesan en el camino; pero ello no significa que las circunstancias que se nos presentan no tengan una razón de ser. La vida es un regalo, un gran regalo que se nos ha dado para vivir, para aprovechar, para reir, llorar, correr, detenerse, reflexionar, gritar...podemos darle mil vueltas, ver de cualquier manera, sacarle todo el provecho que queramos pero lo único que no podemos hacer es destruirla. Desconozco que pensaría Eluana, que sentiría o que deseaba; pero lo único seguro es que su condición guardaba alguna razón de ser; algo que enseñar al mundo, un mensaje, una etapa que debían vivir sus familiares y amigos, no lo sé, a cada cual dejaría algo diferente pero en mi caso personal la penosa partida de Eluana significó reflexión, fé, entendimiento, valor y una gran convicción hoy más que nunca de la importancia de defender la vida. miércoles, 11 de junio de 2008
Vida en prosa
Dejarse arrastrar por la más recóndita inquietud de la inconsciencia.
Miramos al infinito, vacío de la nada, tratando de ver algo que no sabemos que es pero que nos llama. Cerramos los ojos y se dibujan en nuestra cabeza mil fragmentos de la vida, pequeños detalles que aún conservamos, recuerdos que no se van, palabras que no se llegaron a borrar, momentos que persisten en el tiempo junto con los que adivinamos por venir.
Agudizamos el oído a la espera de una palabra que nos oriente, de una voz que nos dicte la receta. Esperamos ansiosos, respiramos profundo y nos concentramos en la llegada de ese anhelado momento. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a decir? ¿Qué oportunidad aprovechar? ¿Qué riesgo correr? ¿Qué tren tomar?
Y ahí nos encontramos …
-Hola, ¿Cómo estás?-No sé…muy temprano para decir y otro día ya se pasó…
Entonces abrimos los ojos, escuchamos el estruendoso silencio de la nada, percibimos el olor del presente y nos damos cuenta como ese mismo instante, de un chispazo, se convierte en pasado, tan fugaz, tan único.
Que si seguimos esperando por nuestro barco nos quedaremos anclados en la isla del “qué hubiera pasado si…”, a la sombra del “no me atrevo…” recostados sobre las arenas de nuestros sueños sin cumplir, bajo una lluvia de dudas que se precipita sobre nuestros deseos, humedeciéndolos, quitándoles su consistencia, haciéndolos frágiles y cada vez más lejanos.
Es ahí, sólo ahí, cuando comprendemos que ese momento es ahora.
Miramos al infinito, vacío de la nada, tratando de ver algo que no sabemos que es pero que nos llama. Cerramos los ojos y se dibujan en nuestra cabeza mil fragmentos de la vida, pequeños detalles que aún conservamos, recuerdos que no se van, palabras que no se llegaron a borrar, momentos que persisten en el tiempo junto con los que adivinamos por venir.
Agudizamos el oído a la espera de una palabra que nos oriente, de una voz que nos dicte la receta. Esperamos ansiosos, respiramos profundo y nos concentramos en la llegada de ese anhelado momento. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a decir? ¿Qué oportunidad aprovechar? ¿Qué riesgo correr? ¿Qué tren tomar?
Y ahí nos encontramos …
-Hola, ¿Cómo estás?-No sé…muy temprano para decir y otro día ya se pasó…
Entonces abrimos los ojos, escuchamos el estruendoso silencio de la nada, percibimos el olor del presente y nos damos cuenta como ese mismo instante, de un chispazo, se convierte en pasado, tan fugaz, tan único.
Que si seguimos esperando por nuestro barco nos quedaremos anclados en la isla del “qué hubiera pasado si…”, a la sombra del “no me atrevo…” recostados sobre las arenas de nuestros sueños sin cumplir, bajo una lluvia de dudas que se precipita sobre nuestros deseos, humedeciéndolos, quitándoles su consistencia, haciéndolos frágiles y cada vez más lejanos.
Es ahí, sólo ahí, cuando comprendemos que ese momento es ahora.
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