Si no estás muy seguro de tener éxito en unas próximas elecciones haz la guerra. Ese es el mensaje que percibo actualmente de los políticos. Cuando estalló la polémica por corrupción en Israel y se decidió convocar elecciones anticipadas, Kadima, el partido de Ehud Olmert, se encontraba muy por debajo del partido Likud en las encuestas. El gobierno del entonces primer ministro, que daba una imagen de debilidad para los israelíes, decidió despedirse por todo lo alto y no se le ocurrió mejor idea que hacer una guerra “desproporcionada” en palabras del propio Olmert y asegurarse así nuevos votantes que dieran el triunfo en las elecciones a su partido. La obscena estrategia, parece haber funcionado, Livni obtuvo la mayoría del voto popular. Decía Sócrates que un buen gobernante era el que hacía a sus ciudadanos mejores, más justos y no el que simplemente complacía sus deseos. Olmert complació a su pueblo que quería medidas más extremas contra Palestina, pero al final también fue condenado.
Aquí en España el principio es el mismo pero la estrategia diferente, también puede hacerse la guerra moral, judicial, sectaria. A la política se le ha olvidado el significado de la palabra ética
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